viernes, 10 de julio de 2015

Nunca invisibles.

Hoy en la mañana; en un juzgado mientras radicaba unos documentos, llegó un señor de más o menos unos 80 años, llevaba un morral y un bastón muy improvisado que le permitía caminar mejor, su aspecto era lamentable, sucio, maltrecho, abandonado y no más tuve que observar los documentos que llevaba para darme cuenta que era una de las 7 millones de víctimas de ésta guerra irrisoria. Al momento de llegar, la persona encargada de atender al público inmediatamente lanzó una mirada de rechazo, como diciendo para sí mismo: “otra vez este tipo viene a molestar” el señor no era tonto y se dio cuenta de ello; así que él tampoco tuvo la mejor disposición. Después de una interacción entre el funcionario y el hombre, en donde de mala gana y con preguntas poco comprensibles y muy técnicas, como si el anciano supiera las cosas básicas del Derecho, pude concluir que él debía radicar un incidente de desacato para que la Unidad de Víctimas le fijara una fecha exacta para recibir una indemnización.

Cuando menos me di cuenta el hombre dejó su bastón improvisado en el piso y acurrucado allí, abrió su morral, sacó una carpeta llena de papeles; entre ellos derechos de petición, respuestas quizás a esos derechos de petición, recortes de periódico, fotos, entre otros; todos acumulados y sin ningún tipo de orden… desde ese momento no dejé de observarlo y mil cosas se me pasaban por la cabeza; ¿Qué está buscando? ¡Tengo que ayudarlo! ¿Y si le ayudo y se moleta? ¿Y si mejor me voy porque estoy a punto de llorar? No me pueden ver llorar ¿Por qué este señor está acá? No debería estar acá, ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué la vida ha sido tan injusta con él? ¿Por qué los autores mediatos de las desgracias este hombre también pretenden ser víctimas?  ¿Algún funcionario del juzgado pensará ayudarlo? ¿Acaso los funcionarios públicos no deberían hacerlo? ¿Acaso ellos no están para eso, para ayudarnos? Empecé a sentirme muy frustrada porque no sabía qué hacer ni cómo contribuir. Después de mucho buscar, el señor sacó una hoja de papel blanca, ahí me di cuenta que iba a redactar el incidente de desacato, sí era muy obvio, pero como dije anteriormente, mil cosas se me pasaban por la cabeza (aún ahora escribiendo esto, mil cosas se me pasan por la cabeza), luego de encontrar la hoja blanca, me pidió mi lapicero prestado, yo se lo di como quien intenta salvarle la vida a alguien, me acerque e intenté ayudarle a redactar el documento, pero ahí irrumpió de nuevo el funcionario y en un tono casi de regaño le dio un lapicero para que el hombre me devolviera el mío, lo tomé y salí del despacho.

Voy a intentar encontrar durante lo que queda de este escrito, la forma de expresar lo que sentí apenas cerré la puerta, fueron muchos sentimientos, éstos siempre acompañados de su respectivo cuestionamiento; inicialmente fue de esas tristezas que físicamente duelen: no entendía por qué yo teniendo una vida tan plena, tan completa para mis gustos, ese pobre anciano no la tenía, acaso ¿qué fue lo que hizo en el pasado para que el karma lo castigara de esa forma? Entonces empecé a odiar mi felicidad, pues no era justo que yo fuera tan feliz y él triste, que yo viviera en una casa bonita y él ni siquiera tuviera un hogar; quizás era desplazado, no era justo que yo no fuera víctima y él sí, no era justo que yo no hubiese tenido que pasar nunca por la desgracia de que un infame asesino con el pretexto asqueroso de la “revolución”, matara a un integrante de mi familia, lo desapareciera, lo reclutara, lo violara o que simplemente sin una razón me despojara de mi casa, obligándome a irme sin nada a empezar de nuevo mi vida, esto sin saber cuál era la historia de ese hombre, una de las 7’438.023 millones de historias igual de horrendas que hay por contar en Colombia.

Luego del odio y la tristeza, llegó la decepción y la impotencia ¡¿CÓMO PUDE SER TAN HORRIBLE PERSONA DE SALIR DEL DESPACHO?! ¿Por qué no me quedé ayudando al señor? Él necesitaba que yo le ayudara a redactar el incidente de desacato, yo sabía cómo hacerlo, él quizás no… quizás no había comido, podría haberle comprado algo y ahí me sentí aún más fatal, no hice nada por él. Me sentí como los funcionarios del juzgado, me sentí como la gran mayoría de habitantes de mi país, me sentí como los principales contribuyentes de que en Colombia se vulneren todos los días los Derechos Humanos, porque recuerden, acá no se reprocha sólo por la acción, sino también por la omisión y debería reprocharse la omisión de ayudar en una desgracia, al fin y al cabo estamos en un Estado Social de Derecho.


Ahora luego de sentirme tranquila porque me desahogué, me doy cuenta de algo muy importante: quizás en esos momentos fui una persona horrible y no hice nada, pero en ningún instante ese hombre fue invisible para mí, sentí su tristeza, su rechazo, me indigné y odié a cada una de las personas que le hicieron daño, incluyendo a los del juzgado… En Colombia las personas menos favorecidas son invisibles y se los demostraré de la siguiente forma: Hoy en el juzgado éramos siete los que estábamos en el recinto, seis de ellos miraron al anciano con desprecio o concentrados en su trabajo ni se dieron cuenta de su presencia; yo, a pesar de que estaba radicando documentos de mi trabajo, no dejé verlo y sentirme en sus zapatos, ninguno de nosotros le ayudó de verdad… No ignoremos lo que pasa a nuestro alrededor, la sociedad cada día nos hace más egoístas y no podemos ser egoístas con personas que nunca han tenido una oportunidad, ahora me siento feliz porque sé que NO soy uno de los 47 millones de robles que hay en Colombia, sino que soy una persona que se conmueve y que se compromete a que ahora en adelante no le va a temblar la mano para extenderla y ayudar. Me siento orgullosa de que muy pronto terminaré mi carrera profesional y que no lo veo como una opción de llenar mis cuentas de dinero porque el “Administrativo es lo que está dando” sino como una forma de ser cada día más cualificada para ayudar a los demás, Amo los Derechos Humanos y hoy hice el segundo pacto conmigo misma: Nunca las personas desdichadas serán invisibles para mí.

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