Hoy en la mañana; en un
juzgado mientras radicaba unos documentos, llegó un señor de más o menos unos 80
años, llevaba un morral y un bastón muy improvisado que le permitía caminar
mejor, su aspecto era lamentable, sucio, maltrecho, abandonado y no más tuve
que observar los documentos que llevaba para darme cuenta que era una de las 7
millones de víctimas de ésta guerra irrisoria. Al momento de llegar, la persona
encargada de atender al público inmediatamente lanzó una mirada de rechazo,
como diciendo para sí mismo: “otra vez este tipo viene a molestar” el señor no
era tonto y se dio cuenta de ello; así que él tampoco tuvo la mejor disposición.
Después de una interacción entre el funcionario y el hombre, en donde de mala
gana y con preguntas poco comprensibles y muy técnicas, como si el anciano supiera
las cosas básicas del Derecho, pude concluir que él debía radicar un incidente
de desacato para que la Unidad de Víctimas le fijara una fecha exacta para
recibir una indemnización.
Cuando menos me di
cuenta el hombre dejó su bastón improvisado en el piso y acurrucado allí, abrió
su morral, sacó una carpeta llena de papeles; entre ellos derechos de petición,
respuestas quizás a esos derechos de petición, recortes de periódico, fotos,
entre otros; todos acumulados y sin ningún tipo de orden… desde ese momento no
dejé de observarlo y mil cosas se me pasaban por la cabeza; ¿Qué está buscando?
¡Tengo que ayudarlo! ¿Y si le ayudo y se moleta? ¿Y si mejor me voy porque
estoy a punto de llorar? No me pueden ver llorar ¿Por qué este señor está acá? No
debería estar acá, ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué la vida ha sido tan
injusta con él? ¿Por qué los autores mediatos de las desgracias este hombre
también pretenden ser víctimas? ¿Algún
funcionario del juzgado pensará ayudarlo? ¿Acaso los funcionarios públicos no
deberían hacerlo? ¿Acaso ellos no están para eso, para ayudarnos? Empecé a
sentirme muy frustrada porque no sabía qué hacer ni cómo contribuir. Después de
mucho buscar, el señor sacó una hoja de papel blanca, ahí me di cuenta que iba
a redactar el incidente de desacato, sí era muy obvio, pero como dije
anteriormente, mil cosas se me pasaban por la cabeza (aún ahora escribiendo
esto, mil cosas se me pasan por la cabeza), luego de encontrar la hoja blanca,
me pidió mi lapicero prestado, yo se lo di como quien intenta salvarle la vida
a alguien, me acerque e intenté ayudarle a redactar el documento, pero ahí
irrumpió de nuevo el funcionario y en un tono casi de regaño le dio un lapicero
para que el hombre me devolviera el mío, lo tomé y salí del despacho.
Voy a intentar
encontrar durante lo que queda de este escrito, la forma de expresar lo que
sentí apenas cerré la puerta, fueron muchos sentimientos, éstos siempre
acompañados de su respectivo cuestionamiento; inicialmente fue de esas tristezas
que físicamente duelen: no entendía por qué yo teniendo una vida tan plena, tan
completa para mis gustos, ese pobre anciano no la tenía, acaso ¿qué fue lo que
hizo en el pasado para que el karma lo castigara de esa forma? Entonces empecé
a odiar mi felicidad, pues no era justo que yo fuera tan feliz y él triste, que
yo viviera en una casa bonita y él ni siquiera tuviera un hogar; quizás era
desplazado, no era justo que yo no fuera víctima y él sí, no era justo que yo
no hubiese tenido que pasar nunca por la desgracia de que un infame asesino con
el pretexto asqueroso de la “revolución”, matara a un integrante de mi familia,
lo desapareciera, lo reclutara, lo violara o que simplemente sin una razón me
despojara de mi casa, obligándome a irme sin nada a empezar de nuevo mi vida,
esto sin saber cuál era la historia de ese hombre, una de las 7’438.023
millones de historias igual de horrendas que hay por contar en Colombia.
Luego del odio y la
tristeza, llegó la decepción y la impotencia ¡¿CÓMO PUDE SER TAN HORRIBLE
PERSONA DE SALIR DEL DESPACHO?! ¿Por qué no me quedé ayudando al señor? Él necesitaba
que yo le ayudara a redactar el incidente de desacato, yo sabía cómo hacerlo,
él quizás no… quizás no había comido, podría haberle comprado algo y ahí me
sentí aún más fatal, no hice nada por él. Me sentí como los funcionarios del
juzgado, me sentí como la gran mayoría de habitantes de mi país, me sentí como
los principales contribuyentes de que en Colombia se vulneren todos los días
los Derechos Humanos, porque recuerden, acá no se reprocha sólo por la acción, sino
también por la omisión y debería reprocharse la omisión de ayudar en una
desgracia, al fin y al cabo estamos en un Estado Social de Derecho.
Ahora luego de sentirme
tranquila porque me desahogué, me doy cuenta de algo muy importante: quizás en
esos momentos fui una persona horrible y no hice nada, pero en ningún instante ese
hombre fue invisible para mí, sentí su tristeza, su rechazo, me indigné y odié
a cada una de las personas que le hicieron daño, incluyendo a los del juzgado… En
Colombia las personas menos favorecidas son invisibles y se los demostraré de
la siguiente forma: Hoy en el juzgado éramos siete los que estábamos en el
recinto, seis de ellos miraron al anciano con desprecio o concentrados en su
trabajo ni se dieron cuenta de su presencia; yo, a pesar de que estaba
radicando documentos de mi trabajo, no dejé verlo y sentirme en sus zapatos,
ninguno de nosotros le ayudó de verdad… No ignoremos lo que pasa a nuestro alrededor,
la sociedad cada día nos hace más egoístas y no podemos ser egoístas con personas
que nunca han tenido una oportunidad, ahora me siento feliz porque sé que NO
soy uno de los 47 millones de robles que hay en Colombia, sino que soy una persona
que se conmueve y que se compromete a que ahora en adelante no le va a temblar
la mano para extenderla y ayudar. Me siento orgullosa de que muy pronto
terminaré mi carrera profesional y que no lo veo como una opción de llenar mis
cuentas de dinero porque el “Administrativo es lo que está dando” sino como una
forma de ser cada día más cualificada para ayudar a los demás, Amo los Derechos
Humanos y hoy hice el segundo pacto conmigo misma: Nunca las personas
desdichadas serán invisibles para mí.